AI y multilateralismo
A medida que India se prepara para albergar la Cumbre de Impacto de IA el próximo mes, su creciente importancia en los horizontes geopolíticos se ha destacado aún más. Mientras el Sur Global intenta encontrar su posición en la carrera hacia la construcción de los mejores sistemas de IA, es imperativo examinar cómo se verá el futuro de la toma de decisiones global con la llegada de esta tecnología.
La IA ya no es una promesa lejana del futuro; se ha convertido en la fuerza definitoria de nuestros tiempos y está en camino de dar forma a la geopolítica, la economía, la seguridad e incluso las fronteras morales de la toma de decisiones humanas de una manera sin precedentes. Sin embargo, a medida que los sistemas de IA avanzan, los marcos destinados a gobernarlos quedan peligrosamente rezagados. El problema no es meramente tecnológico; también es político. Estamos al borde de una tecnología transformadora que guía nuestros sistemas sin un árbitro, sin fronteras y sin un manual compartido.
Desafíos y desigualdades
Una de las consecuencias es la ampliación de la brecha digital. Un puñado de países y corporaciones controla la vanguardia, mientras que gran parte del mundo corre el riesgo de ser reducida a un público pasivo de la misma revolución que influirá en sus futuros. En ese sentido, la IA no es solo una cuestión de invención; es una cuestión de poder. La humanidad se encuentra en un precipicio: la IA podría convertirse en nuestra mayor herramienta colectiva o podría profundizar las divisiones y desestabilizar el orden global. Si se convierte en una u otra dependerá del tipo de multilateralismo que podamos construir antes de que la tecnología supere nuestra capacidad de gobernarla.
En medio de este alboroto, las Naciones Unidas están intentando discretamente elaborar un marco global para la gobernanza de la IA, que busca combinar fundamentos científicos con inclusión política. Esta arquitectura emergente es indicativa de un esfuerzo raro por reconstruir la confianza multilateral en una era de fragmentación. En su núcleo están tres ambiciones interconectadas: basar la política de IA en la ciencia en lugar de en el miedo o la hipérbole; llevar a los estados y a los innovadores a un diálogo compartido; y salvaguardar la inclusión del Sur Global.
Iniciativas de gobernanza
El primer objetivo se logra a través del recién establecido Panel Internacional Independiente de Ciencia sobre Inteligencia Artificial, un organismo de 40 miembros encargado de proporcionar un análisis basado en evidencia de los desafíos y las oportunidades que ofrece la IA. En un paisaje político dominado por extremos —algunos predicen una utopía, otros una apocalipsis—, el objetivo de las Naciones Unidas es crear un espacio donde la ciencia, no el sensacionalismo, controle la regulación. El primer informe del panel, que se espera este año, servirá como el punto de referencia global más confiable hasta ahora para la seguridad y gobernanza de la IA.
El segundo pilar es el Diálogo Global sobre Gobernanza de IA, un foro anual que debutará en 2026. Su objetivo es construir confianza para reunir a gobiernos, corporaciones, sociedad civil y académicos en la misma mesa para negociar normas de transparencia, ética y seguridad. La razón es que antes de que los estados puedan legislar colectivamente, primero deben aprender a escuchar colectivamente.
El tercer y más transformador factor es la propuesta de las Naciones Unidas para construir capacidad de IA en el Sur Global a través de un Fondo Global de IA de 3 mil millones de dólares, que busca la paridad. Sin acceso a infraestructura informática, ecosistemas de datos y capital humano calificado, los países en desarrollo no pueden contribuir significativamente a la configuración de sistemas globales de IA. La escala de la desigualdad es asombrosa: África posee colectivamente menos unidades de procesamiento gráfico (GPU) que otras regiones a pesar de su tamaño y un dividendo demográfico similar, mientras que una empresa estadounidense, por ejemplo, utiliza más de 250,000.
Riesgos y fragmentación
Estos tres objetivos, trabajados de manera colectiva, podrían formar la primera capa global coherente de gobernanza de IA, un sistema diseñado no para reemplazar las leyes nacionales o los códigos del sector privado, sino para vincularlos. La esperanza es que tal marco pueda establecer principios comunes, responsabilidades compartidas y reconocer la naturaleza colectiva del desafío.
No obstante, el progreso sigue siendo desigual. En este momento, la regulación de la IA se asemeja a un mercado abarrotado de filosofías en competencia. La Ley de IA de la Unión Europea es el marco legal más ambicioso hasta la fecha, mientras que Estados Unidos se basa en órdenes ejecutivas y compromisos voluntarios de la industria. La OCDE, ISO y UIT están redactando sus respectivos estándares técnicos, mientras que China avanza con su propio modelo de «gobernanza algorítmica». El resultado es un enredo de reglas superpuestas y filosofías rivales que amenaza con profundizar aún más las divisiones globales.
Esta fragmentación representa un riesgo real en que los países reducen los estándares de seguridad para seguir siendo competitivos. Las Naciones Unidas intentan abordar esto a través de un Intercambio Internacional de Normas, un mecanismo para vincular diversos organismos de establecimiento de normas y promover la interoperabilidad. El problema es que la IA no existe en un vacío político. Cada modelo, conjunto de datos y algoritmo está entrelazado con rivalidades geopolíticas. Esto crea una contradicción: la tecnología necesita cooperación para garantizar la seguridad y la estabilidad, lo cual es antitético a la naturaleza de la política global.
Perspectivas de cooperación
A pesar de esto, hay destellos de optimismo. Las iniciativas de IA de las Naciones Unidas están siendo moldeadas no por superpotencias, sino por países de «poder medio» que promueven el diálogo sobre la división. La IA requiere un marco de diplomacia preventiva que fomente la colaboración antes de que ocurran accidentes, abusos o militarización.
El auge de la IA de código abierto revela tanto la promesa como el peligro de la democratización. Los modelos de código abierto pueden empoderar a pequeños estados, investigadores e innovadores. Al mismo tiempo, también pueden facilitar que actores malintencionados hagan un mal uso de la tecnología. En lugar de prohibiciones generales, el mundo necesita una comprensión más matizada de la apertura, que pueda diferenciar entre pesos de modelos, conjuntos de datos y APIs, y desarrollar normas para un intercambio seguro.
La capacidad de acceder y procesar enormes cantidades de datos se ha convertido en la nueva moneda del poder. La proyectada Red de Desarrollo de Capacidad Global de IA de las Naciones Unidas prevé un «común de computación» que podría vincular recursos inactivos a través de fronteras, permitiendo a los estados más pequeños acceder a poder de computación compartido. Esto podría establecer una capacidad mínima e irreducible de computación nacional que cada país debería adquirir para participar en la economía de la IA.
Para organizar esta creciente red de iniciativas, las Naciones Unidas han fundado la Oficina de Tecnologías Digitales y Emergentes. Esta oficina funciona como un laboratorio de políticas y un centro de coordinación, conectando organizaciones bajo un mismo paraguas digital. También representa un cambio filosófico: las Naciones Unidas no se están ubicando como espectadoras, sino como administradoras activas de la tecnología.
No obstante, siguen existiendo barreras. La desconfianza geopolítica entre potencias limita la cooperación; la inercia burocrática y la dominación del sector privado desvían los incentivos de la responsabilidad pública; y las brechas de capacidad en las regiones en desarrollo continúan creciendo.
Conclusión
A pesar de estos desafíos, el caso por el multilateralismo nunca ha sido más importante. El impacto de la IA es exponencial. Si se deja sin gobernar, podría profundizar las desigualdades, desestabilizar economías y socavar instituciones democráticas. Pero, si se gobierna sabiamente, podría convertirse en un instrumento compartido de progreso y abrir un nuevo capítulo en la gobernanza global cooperativa.